Creme M.E.C.
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Descubre por qué la protección solar no es solo cosa de verano. Te explicamos qué es el SPF, los rayos UVA/UVB y cómo elegir el protector adecuado.
Cuando hablamos de cuidar nuestra piel, muchas veces pensamos en hidratación, limpieza, sérums o tratamientos específicos, pero hay un paso que considero imprescindible y que no deberíamos reservar únicamente para el verano: la protección solar.
A menudo asociamos el protector solar con los días de playa o con las vacaciones, pero la realidad es que nuestra piel está expuesta a la radiación solar todos los días del año. Aunque no estemos tomando el sol de forma directa, los rayos solares siguen actuando sobre nuestra piel mientras caminamos, trabajamos, hacemos deporte o simplemente realizamos nuestras actividades diarias.
Por eso, para mí, la protección solar debe entenderse como un gesto de cuidado diario y de prevención.

Muchas personas piensan que estar bronceadas significa tener una piel más sana o más bonita, pero es importante entender qué ocurre realmente.
Cuando la piel recibe radiación ultravioleta, activa un mecanismo natural de defensa llamado melanogénesis. En este proceso, los melanocitos comienzan a producir más melanina, el pigmento que da color a nuestra piel. Esta melanina funciona como una protección natural porque ayuda a absorber parte de la radiación solar y proteger las células frente al daño. Es decir, el bronceado no aparece porque la piel "se fortalezca", sino porque está intentando protegerse ante una agresión externa. Muchas veces pensamos en el daño solar únicamente cuando aparece una quemadura, pero la piel puede estar sufriendo efectos incluso cuando no vemos una reacción inmediata.
Por otro lado la radiación ultravioleta favorece la formación de radicales libres, unas moléculas que generan estrés oxidativo y que pueden alterar las estructuras de la piel. Con el tiempo, este proceso afecta a proteínas tan importantes como el colágeno y la elastina, que son las responsables de mantener la firmeza y elasticidad.
Aquí aparece uno de los grandes motivos por los que insisto tanto en la protección solar: el fotoenvejecimiento.
Manchas, pérdida de luminosidad, arrugas, falta de firmeza o cambios en la textura de la piel pueden estar relacionados con una exposición solar acumulada a lo largo de los años.
Cuando hablamos de cosmética y cuidado facial, muchas veces buscamos mejorar una mancha, una arruga o una falta de luminosidad, pero uno de los mejores tratamientos siempre será la prevención, por lo que usar protector solar diariamente ayuda a reducir el impacto de la radiación solar y a mantener la piel más protegida frente al estrés oxidativo.
Además, una exposición solar excesiva y sin protección puede favorecer alteraciones importantes en las células de la piel, por eso la prevención es una parte esencial del cuidado diario.
Actualmente existen fotoprotectores que van mucho más allá de proteger frente al sol. Muchos incorporan activos antioxidantes, hidratantes o ingredientes con acción antiedad, convirtiéndose en un verdadero tratamiento diario, por lo que después de realizar la limpieza facial, podemos utilizar un protector solar con activos de tratamiento como último paso de la rutina de mañana, sustituyendo incluso a la crema de día si el producto está formulado para ello.
Un error muy habitual es pensar que aplicándonos protector solar por la mañana estamos protegidas durante todo el día, pero la realidad es que la protección va disminuyendo con el paso del tiempo.
La exposición solar, el sudor, el roce, tocar la piel o simplemente el paso de las horas pueden reducir su eficacia. Por eso es importante reaplicarlo cuando vamos a estar expuestos al sol durante más tiempo.
También es importante no olvidar zonas que muchas veces dejamos de lado, como el cuello, el escote, las orejas o las manos, ya que son áreas que reciben radiación de forma constante, y también aplicarlo una media hora antes de la exposición preferiblemente en casa.
La protección solar no significa dejar de disfrutar del sol, sino aprender a convivir con él de una forma responsable porque cuidar nuestra piel del sol no es solo una cuestión estética: es una inversión en su salud, en su aspecto y en su bienestar a largo plazo.
A la hora de elegir un buen protector solar no deberíamos fijarnos únicamente en el número del SPF. Es importante entender qué tipo de radiación estamos bloqueando y qué necesidades tiene nuestra piel.
La radiación solar está formada por diferentes tipos de rayos, pero los más importantes cuando hablamos de piel son los UVA y los UVB.
Los rayos UVB son los principales responsables de las quemaduras solares. Actúan sobre las capas más superficiales de la piel y tienen una gran capacidad de producir daño directo en las células. Por eso están muy relacionados con el enrojecimiento y las lesiones producidas por una exposición solar excesiva.
Los rayos UVA, en cambio, penetran más profundamente en la piel. Aunque no producen una quemadura tan visible, tienen un papel muy importante en el envejecimiento cutáneo, ya que favorecen la formación de radicales libres y el deterioro de estructuras como el colágeno y la elastina. Son una de las principales causas del fotoenvejecimiento, aparición de manchas y pérdida de firmeza.
Por eso, cuando elegimos un fotoprotector, es importante que sea de amplio espectro, es decir, que nos proteja tanto frente a radiación UVA como UVB.
También debemos tener en cuenta:
Por eso, hoy en día un buen fotoprotector puede convertirse en un auténtico tratamiento de día.
Uno de los conceptos que más confusión genera es el número que aparece en el protector solar: SPF 30, SPF 50, etc.
Muchas personas piensan que un SPF 50 significa una protección total o que bloquea completamente la radiación solar, pero esto no es así. Ningún fotoprotector bloquea el 100% de la radiación solar. Su función es reducir el impacto de los rayos UV y aumentar el tiempo que nuestra piel puede estar expuesta antes de sufrir una quemadura.
De forma orientativa, el SPF se relaciona con el tiempo que tardaría nuestra piel en quemarse frente a una exposición sin protección. Por ejemplo, si una persona empieza a enrojecerse tras unos 10 minutos de exposición solar sin protección, un SPF 30 podría multiplicar ese tiempo aproximadamente por 30, y un SPF 50 por 50.
Por eso muchas veces se explica de forma sencilla que:
Pero esto es una referencia teórica. En la práctica, la protección puede disminuir antes debido al sudor, el agua, el roce de la ropa, tocarse la cara o simplemente porque no aplicamos suficiente cantidad de producto.
Por eso es tan importante recordar que aplicarse protector solar una vez por la mañana no significa estar protegidos todo el día. La reaplicación es fundamental, especialmente si vamos a estar expuestos al sol durante varias horas, hacemos deporte, sudamos o nos bañamos.
Además, para conseguir la protección indicada en el envase es importante utilizar una cantidad adecuada de producto, ya que aplicar una capa demasiado fina reduce mucho la protección real.
El protector solar no es una barrera invisible permanente, sino una herramienta de prevención que debemos utilizar correctamente para cuidar nuestra piel.